La sesión
Es una noche como cualquier otra, estas sesiones se
han convertido en una rutina tediosa y repetitiva,
casi es lo mismo que respirar o caminar, volviéndose en un simple requisito que al parecer la alternativa
única es para continuar vivo.
Entre una noche húmeda y casi fría en el
estacionamiento de un hospital, un pequeño
callejón a un costado de la edificación se abre paso a una gran explanada de
autos y un estacionamiento subterráneo del hospital. Es la hora de cambio de
turno del personal. Llego, estaciono mi auto, y empiezo a paso lento el camino
hacia mi sesión de cada tercer día de hemodiálisis. En el camino me encuentro con
una multitud de cuerpos todos vestidos
de blanco con rostros cansados después de una larga jornada, frenéticos por
retirarse de ahí , apresurándose casi tropezándose entre ellos con tal de
llegar a sus autos y salir corriendo de ese lugar en el que tantas emociones se
han dejado y al final se llevan con un tumulto de pensamientos cegados por
olvidar que estuvieron ahí; a su vez, otra multitud pequeña también vestida de
blanco camina a paso apresurado en la
misma dirección que yo, a un paso un poco más lento , esto sin embargo con
rostros frescos recién bañados y perfumados
con un entusiasmo renovado que dice en sus caras , hoy será el día que
haré una diferencia; unos apresurándose por salir de los elevadores mientras
otros apresurados por alcanzar un elevador. Se genera un caos frenético que por
unos minutos abruma los sentidos de cualquiera, y en medio de todo esto yo sigo
caminando a paso lento, doloroso pero seguro, no pensando en otra cosa más que
llegar a mi destino, observo estos rostros, algunos me observan pero no me ven,
es como si yo caminara en cámara lenta y para ellos es incomprensible cómo no
puedo llevar la prisa que ellos llevan.
Finalmente llego a mi destino; entre gritos y
tamborazos las personas que compartirán éste camino conmigo en esta noche están platicando entre ellos, de cosas frívolas que los hacen distraerse del
miedo que sienten; y como una guillotina evitan el silencio. Un frio pasillo de hospital te puede dar cuando
sientes que quieres salir corriendo en una dirección para no regresar.
Algunos platican sobre su día, algunos platican
sobre los resultados del último partido de futbol, algunos simplemente
platican bobadas sobre que comerían “si sus riñones funcionaran” y yo en medio
de este enjambre sentado en silencio, escuchando a mi voz interior que me dice,
levántate y simplemente grita - ya cállense
bola de estúpidos-, obviamente hago caso omiso a ese impulso y continuo en mi
silencio incómodo. Finalmente se escucha la dulce voz de mi enfermera que dice ¡Omar!
, y como un sapo ansioso por brincar el lago salto de mi silla y dejo la sala
de espera con un gran jubilo al pensar
que por este día ya se acabó mi monserga .
Me siento, me conectan a la máquina de hemodiálisis,
mi cuerpo lo enganchan al catéter que
traigo puesto a mí vena que da al corazón, me sumerjo a una realidad que quisiera
desconectar en vez de que me conecten a mí, pero sin embargo doy gracias a Dios
porque puedo seguir mí camino a veces doloroso, desesperante, talvez incomprensible;
porque hasta hoy no sé hasta dónde voy a llegar pero a final de cuentas ¿quién puede saber hasta dónde uno puede llegar en
el día? Al final me duermo, caigo en un sueño profundo el cual me hace recordar
las cosas bellas que tengo en mi vida,
la sonrisa de mi hija, la voz de mi amada esposa y sobretodo ¡silencio! Silencio,
silencio que tanto anhelaba .Tres horas más tarde ya bronceado por la playa caliente de puerto peñasco
con una cerveza en la mano siento un
fuerte empujón en el pecho y una voz de cielo que me dice -señor- ¡Omar! ¡Ya
terminamos!, y con eso Peñasco, la cerveza y el calor desaparecen, de nuevo
estoy sentado en una silla de una sala en un frio hospital. Volteo a mi
alrededor y veo que soy el ultimo paciente en terminar su sesión como es costumbre, y ya desconectado me doy a
la tarea de regresar a casa. Me espero unos minutos y me levanto de la silla,
con las piernas todavía temblorosas como gelatina, recupero mi compostura e
inicio mi camino, esta vez los pasillos del hospital son desiertos, se siente
un vacío más allá de ser un cuento de
terror pero que se vive en un tiempo real en altas horas de la noche.
Con un paso
lento, medio dormido, agotado llevo mi camino en una tranquilidad inquietante, apresurada.
En silencio camino hacia los elevadores que me llevaran de nuevo al sótano
donde hace una horas me encontré con esa multitud vestida de blanca y rostros dormidos.
Se abren las puestas del elevador, pero ahora el sótano luce de otra forma, ya
no hay una masa de cuerpos corriendo hacia todos lados, ya no hay autos apresurados por salir,
simplemente hay un estacionamiento vacío en una noche cálida y un silencio abrumador.
Es durante esta etapa de mi viaje que me percato que
camino frente a una puerta metálica y fría de dos metros de alto, que siempre está
cerrada, tiene un letrero al frente
que dice mortuorio, y en éste lugar de descanso final se encuentra un comedor para el personal del hospital. A estas horas de la madruga el comedor está cerrado, pero no puedo dejar de pensar cómo sería la experiencia
de estar disfrutando de mis sagrados alimentos mientras frente a mí entran y
salen de esa puerta metálica los pacientes que no corrieron con la misma suerte
que yo, no creo que esto sea una experiencia muy grata,doy gracias por no haber adquirido el gusto
por la práctica de la medicina .
Esta noche, fue excepcionalmente callada, no había vehículos
en el estacionamiento más que el mío, la noche era cálida, y yo como es ya
rutinario salí caminando con mis piernas de gelatina de los elevadores después de
una sesión más. Al momento de pasar por el mortuorio alcancé ver por la esquina
de mi ojo cuatro figuras tenues en diferentes ubicaciones del sótano,se veía una
mujer de edad avanzada, cabello blanco , tez clara que miraba fijamente el
suelo , pero al pasar un lado de ella voltea hacia arriba y me sonríe ligeramente,
su mirada me dice que le da gusto verme
y que espera verme de nuevo muy pronto; a su lado dos hombres de edad avanzada
platicando entre sí a susurros de no sé qué , abruptamente dejan de platicar y voltean
a verme
en silencio , con sus miradas me ven especulando por qué estoy ahí; y ¿Cómo es posible que los vea? Se siente un silencio que penetra como frío, miradas
que más que mirar te quieren acompañar.
A la distancia veo la figura de un joven sentado en la
orilla que al pasar se levanta rápidamente
y me observa , yo sigo avanzando hacia mi auto, pero siento que al caminar me siguen
, me doy cuenta después de unos minutos todos ellos vestían una tradicional vestimenta
de paciente de hospital; por lo que en un buena historia de terror apresuro mi paso dentro de una lentitud y saco mis llaves , pero al darme cuenta que mis
piernas no responden a esa repentina petición de agilidad , opto por decir en
voz alta con suficiente fuerza que me escuchen mis compañeros de la noche -ya
váyanse a dormir , -o váyanse a la luz -, no me sigan- Conmigo
no van a conseguir nada y estoy ¡muy cansado!- y con eso las cuatro figuras dan
la media vuelta y desaparecen en la noche, saliendo de mi vida tan fugases como
entraron, talvez perdiendo el sentido de la dimensión de una vida u otra noche
en otro mundo tan cercano; como ésa puerta que su título invita a los pacientes
del hospital al mortuorio.
Regresaré y esta rutina se repetirá, talvez con unos nuevos
vecinos que se adelantaron al paso de los días, no se sabe bien, pero dicen que
son ex pacientes no satisfechos.
Fin
Omar Bejarano
19-07-2014